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Durante muchos años, el Buda se dedicó a recorrer ciudades, pueblos y aldeas, impartiendo la Enseñanza, siempre con infinita compasión. Pero en todas partes hay gente aviesa y desaprensiva. Así, a veces surgían personas que se encaraban al Maestro y le insultaban duramente.
El Buda jamás perdía la sonrisa y mantenía una calma imperturbable. Hasta tal punto conservaba la quietud y la expresión del rostro apacible, que un día los discípulos
extrañados, le preguntaron:
-Señor, ¿Cómo puedes mantenerte tan sereno ante los insultos?
Y Buda contestó:
-Ellos me insultan, ciertamente, pero yo no recojo el insulto. Contestadme, si alguien viene y os da un regalo pero vosotros no lo queréis porque sabéis de quién es el regalo?
-Pues sabemos de quien nos lo da ha dado, maestro, y no lo hemos cogido.
-Así mismo, esos insultos son para mí como un regalo que no quiero recoger. Simplemente los dejo en los mismos labios de donde salen. Queridos amigos, permaneced en vosotros mismos y no dejéis que las palabras de los hombres alteren vuestra quietud.
Cierto mercader envió a su hijo para aprender el secreto de la felicidad con el más sabio de todos los hombres. El joven anduvo durante cuarenta días por el desierto hasta llegar a un hermoso castillo, en lo alto de una montaña.
Ahí vivía el sabio que buscaba. Sin embargo, en vez de encontrar a un hombre sabio, nuestro héroe entró en una sala, y vió una actividad inmensa; mercaderes que entraban y salían, personas conversando en los rincones, una pequeña orquesta que tocaba melodías suaves y una mesa repleta de los más deliciosos manjares de aquella región del mundo.
El sabio conversaba con todos, y el joven tuvo que esperar dos horas hasta que le llegara el turno de ser atendido.
El sabio escuchó atentamente el motivo de su visita, pero le dijo que en aquel momento no tenía tiempo de explicarle el secreto de la felicidad.
Le pidió que diese un paseo por el palacio y regresara dos horas más tarde.
-Pero quiero pedirte un favor-completó el sabio,
entregándole una cucharita de té, en la que dejo caer dos gotas de aceite,
-mientras estés caminando, llévate esta cucharita cuidando de que el aceite no se derrame-
El joven empezó a subir y bajar las escalinatas del palacio, manteniendo siempre los ojos fijos en la cuchara. Pasadas dos horas retorno a la presencia del sabio.
-¿Qué tal?-preguntó el sabio.-¿Viste los tapetes de Persia que hay en mi comedor? ¿Viste el jardín que el maestro de los jardineros tardó diez años en crear? ¿Reparaste en los bellos pergaminos de mi biblioteca?
El joven, avergonzado, confesó que no había visto nada. Su única preocupación había sido no derramar las gotas de aceite que el sabio le había confiado.
-Pues entonces vuelve y conoce las maravillas de mi mundo -dijo el sabio. – No puedes confiar en un hombre si no conoces su casa.
Ya más tranquilo, el joven cogió nuevamente la cuchara y volvió a pasear por el palacio, esta vez mirando con atención todas las obras de arte que adornaban el techo y las paredes. Vió los jardines, las montañas a su alrededor, la delicadeza de las flores, el esmero con que cada obra de arte estaba colocada en su lugar. De regreso a la presencia del sabio le relató todo lo que había
visto.
-¿Pero dónde están las dos gotas de aceite que te confié? –preguntó el sabio.
El joven miró la cuchara y se dió cuenta que las había derramado.
-Pues es el único consejo que tengo para darte –le dijo el sabio de los sabios:
“El secreto de la felicidad está en mirar todas las maravillas del mundo pero nunca olvidarse de las dos gotas de aceite en la cuchara”
* * * *
Extracto de El Alquimista, de Paulo Coelho
Cuando las hadas de los árboles vinieron a la tierra, vagaron por montes y valles en busca de morada; unas eran prudentes y otras necias.
Huyeron las primeras de los árboles aislados y solitarios, en medio de los campos labrados, y prefirieron ir a vivir en una espesa selva. Pero las hadas necias se dijeron: “¿Por qué vivir todas juntas y solas en el bosque? Vayamos a los árboles que crecen cerca de los poblados; allí los hombres, cuando nos vean, podrán obsequiarnos con presentes”.
Mas he aquí que una noche se desencadenó tan furiosa tormenta, que el vendaval arrancó de cuajo los árboles y dejó a las hadas insensatas sin morada. Entretanto, los apiñados árboles de la selva resistieron la furia de la tempestad y no sufrieron daño.
-Los hombres deben estar unidos de igual modo que los árboles del bosque -dijeron las hadas sensatas a las necias-. Sólo el árbol solitario en los desiertos campos o desnudos montes es injuriado por la tempestad.
La unión es la fuerza.






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