Cada uno interpreta una farsa de una clase u otra para atraer la energía y la atención del otro, todas se formaron en los inicios de nuestra vida familiar. Uno de los principales campos de trabajo para la liberación de la energía consiste en el estudio de las relaciones entre los seres humanos.

Se ha descubierto que cuando un individuo se acerca a otra persona y traba conversación con ella, lo cual ocurre en el mundo millones de veces cada día, pueden suceder dos cosas: que el individuo se aleje sintiéndose fuerte o sintiéndose débil, según lo que haya ocurrido en la interacción.

Por esta razón los seres humanos parecemos adoptar siempre una postura manipuladora a nivel inconsciente. No importa cuáles sean las circunstancias de la situación ni el tema a tratar: nosotros nos preparamos para decir lo que más nos convenga con tal de salirnos con la nuestra en la conversación.

Cada uno de nosotros procura hallar una manera de ejercer el control y de este modo dominar el encuentro.  Si lo conseguimos, si nuestro punto de vista prevalece, entonces, en lugar de sentirnos débiles, recibimos un refuerzo energético.

Dicho de otra manera, los seres humanos tratamos de ser más listos que el prójimo e imponerle nuestro control no sólo en razón de una meta tangible a la que intentamos llegar en el mundo exterior, sino por la exaltación que así recibimos psicológicamente.

Este es el motivo de que veamos en el mundo tantos conflictos irracionales, lo mismo a nivel individual que entre las naciones.  Los seres humanos no nos percatamos de hasta qué extremos nos manipulamos unos a otros.

Cuando dos personas discuten sobre quién tiene la visión más correcta de la situación, sobre cuál de las dos está en lo cierto, cada una de las dos quiere triunfar a costa de la otra, incluso llegando al extremo de invalidar la confianza en sí misma de la oponente.

El movimiento de esta energía es una vía para comprender lo que los seres humanos están recibiendo cuando compiten y discuten y se perjudican unos a otros. Cuando controlamos a otro ser humano recibimos su energía, nos llenamos hasta el tope a expensas del otro, y es llenarnos de energía lo que nos motiva.

A veces una persona busca voluntariamente que definamos para ella una situación y nos cede abiertamente su energía.  Como consecuencia nos sentimos llenos de poder, pero este regalo generalmente no dura. Muchas personas no son lo bastante fuertes para continuar dando energía. A esto se debe que muchas relaciones personales se conviertan con el tiempo en pugnas por el poder.

Los seres humanos suman energías, las enlazan, y después compiten por quién va a controlarlas.  Y el perdedor paga siempre el precio. El dominar a otro hace que el dominador se sienta poderoso e inteligente, pero absorbe la energía vital de aquellos que son dominados.
No establece ninguna diferencia el que nos digamos que lo estamos haciendo por el bien de las otras personas, e incluso que éstas sean a las que más queremos. El detrimento, el perjuicio, se produce siempre.
Una vez que las hayamos identificado las podremos rebasar y alcanzar la libertad de ser algo más que la farsa inconsciente que representamos. Se pone así en evidencia que durante mucho tiempo los seres humanos hemos competido inconscientemente por la única parte de esta energía a la que estabamos abiertos: la parte que fluye entre las personas.

En esto han consistido siempre los conflictos humanos, a cualquier nivel: desde las pequeñas pugnas en familia o en los lugares de trabajo hasta las guerras entre naciones. Es el resultado de sentirse inseguro y débil y tener que robar la energía de otros para sentirse bien.

Solo mediante lo que ha venido en llamarse “experiencia mística” se encuentra la clave para poner fin a los conflictos humanos en el mundo por la pugna por la energía, pues durante ella se recibe energía de otra fuente: una fuente con la que a la larga aprenderemos a conectar a voluntad.
Uno de los fenómenos resultantes de la “experiencia mística” es el sentimiento de amor hacia todos los seres y cosas. El papel del amor ha sido mal entendido durante mucho tiempo. Amar no es algo que debamos hacer para ser buenos o para que el mundo sea un lugar mejor más allá de cierta abstracta responsabilidad moral. Conectar con la energía se siente como una conmoción, después como euforia, y finalmente como amor. Encontrar energía suficiente para mantener el estado amoroso ciertamente favorece al mundo pero, sobre todo y más directamente, nos ayuda a nosotros mismos. La experiencia mística permite ver brevemente le magnitud de la energía que uno puede adquirir, pero resulta difícil prolongarla durante mucho tiempo.

En cuanto tratamos de hablar de ella con alguien que opera en un estado de conciencia normal, o cuando intentamos vivir en un mundo donde todavía se están produciendo conflictos, somos bruscamente expulsados del “estado” y retornamos al nivel de nuestra antigua personalidad.  Y entonces todo es cuestión de reconquistar lentamente lo que hemos vislumbrado, un poco cada vez, e iniciar un progresivo regreso hacia aquella conciencia máxima. Recordar la sensación que tuvimos en los más altos estados de conciencia alcanzados nos ayuda a recobrar en parte la conexión con el flujo de energía universal.

Pero mientras aprendemos a abrirnos a la energía universal, hemos de considerar que el mundo de los sentidos es la principal manera de obtener energía. Para sacar totalmente la energía de los alimentos, la comida debe ser apreciada, saboreada. El sabor es la puerta de entrada. Uno debe apreciar el sabor; así el complemento energético de lo que uno come, se nos incorpora completamente.

Al igual que con el sentido del gusto, hemos de abrirnos a experimentar las mejores sensaciones del resto de los sentidos, apreciando la belleza que se nos ofrece ante la vista, la armonía que se nos ofrece ante el oído, percibiendo la sutileza de los aromas y las agradables sensaciones que nos llegan a través de la piel.

Un buen método para absorber la energía del entorno es enfocar el ambiente que nos rodea atendiendo a la belleza que todas las cosas despliegan y en especial a las que nos sean particularmente llamativas y inspirar profundamente, como si por la respiración pudiéramos atraer hacia nosotros la esencia de aquellas.

Cuando visualizamos que cada inspiración introduce vitalidad en nosotros, realmente adquirimos mas vigor y nos sentimos mucho más ligeros y eufóricos. Una vez aspirada la energía debemos concentrarnos en la emoción que tenemos y comprobar si estamos satisfechos. Esta es la autentica prueba de si se está o no efectivamente conectado.

Sin embargo no nos es posible confiar en conectar con esta fuente si antes no combatimos el particular método que, como individuos, utilizamos en nuestros controles y cesamos de aplicarlo; porque tan pronto como recaemos en el hábito quedamos desconectados del flujo universal. Desprendernos de este hábito, no resulta fácil, pues al principio siempre es inconsciente. La clave para eliminarlo es traerlo de pleno a nuestra conciencia, cosa que hacemos viendo que nuestro estilo particular de control sobre los demás es un truco que aprendimos en la infancia para atraer la atención, para lograr que la energía viniese hacia nosotros, y que en ello nos hemos plantado.

Este estilo es algo que repetimos una vez y otra permanentemente, construyendo nuestra inconsciente “farsa de control”.

Se denomina farsa porque es una representación con la que estamos familiarizados. La hemos repetido un número incontable de veces en nuestra vida cotidiana sin percatarnos de que lo hacíamos. Todo lo que sabemos es que el mismo tipo de acontecimientos nos ocurren repetidamente.

Nada adelantamos hasta que nos miramos realmente a nosotros mismos y descubrimos que hemos estado haciendo para maniobrar en busca de energía.
Cada uno de nosotros debe retroceder a su pasado, volver a los inicios de nuestra vida familiar y ver cómo se formó el hábito que hemos adquirido. Viendo su comienzo nos será más fácil ser conscientes de nuestra manera de ejercer ese control. La mayoría de los miembros de nuestra familia representaba una farsa de control destinada a extraer energía de nosotros, los niños. Debido a ello tuvimos, ante todo, que montar también nosotros una farsa. Necesitábamos una estrategia para recuperar la energía.

El desarrollo de nuestras farsas particulares guarda siempre relación con nuestra familia. Sin embargo, una vez que hayamos identificado la dinámica familiar, podremos rebasar aquellas estrategias de control y ver lo que realmente estaba pasando.

Toda persona debe reinterpretar su experiencia familiar desde un punto de vista evolutivo, un punto de vista espiritual, y descubrir quién es realmente.

Una vez hecho esto, nuestra farsa de control desaparece y nuestra vida, la auténtica, cambia de rumbo. Todo el mundo manipula a los demás para obtener energía, bien sea agresivamente, forzando a los demás a que les presten atención, bien pasivamente, actuando sobre la simpatía o la curiosidad de la gente para atraer aquella atención.

Si alguien nos amenaza verbal o físicamente nos vemos obligados, por miedo a que nos ocurra algo malo, a prestarle atención y en consecuencia a cederle energía. La persona que nos amenaza nos estará arrastrando al género de farsa más agresivo, llamado el “intimidador”.

Si por otra parte, alguien nos cuenta las cosas horribles que le ocurren, dando a entender quizá que nosotros somos los responsables y que si nos negamos a ayudarle continuarán ocurriéndole esas cosas horribles, entonces esa persona pretende controlarnos al nivel más pasivo, con lo que se califica de farsa del “pobre de mí”. Todo lo que esa persona dice y hace nos coloca en una posición en que debemos defendernos contra la idea de no estar haciendo lo suficiente por dicha persona. El resultado es sentirnos culpables por el mero hecho de tenerla cerca.

Si una persona es sutil en sus agresiones, si encuentra defectos y socava nuestro mundo con el fin de conquistar nuestra energía, esta persona será un “interrogador”.  Hace preguntas y sondea el mundo de la otra persona con la intención de encontrar algo censurable. Cuando lo ha encontrado, critica este aspecto haciendo que el otro se sienta cohibido y tímido, absorbiendo de esta manera su energía.

La farsa del “reservado” consiste en obrar con cautela, pero lo que realmente hace es confiar en que alguien será atraído por su apariencia misteriosa intentando deducir que es lo que pasa con esa persona. Cuando alguien lo intenta el “reservado” se muestra impreciso e indefinido, forzando a la otra persona a insistir, a indagar, a escudriñar para discernir cuales son sus verdaderos sentimientos. Cuanto más tiempo se le mantiene interesado y desconcertado mayor es la energía que recibe.

Otro tipo de personaje es el que utiliza la farsa del “plasta”. Cuenta y recuenta historias y acontecimientos que no tienen ningún interés para quien les escucha, produciendo un aburrimiento total a los que caen en sus redes dejándoles apáticos y sin energía.

Las personas reservadas crean interrogadores y los interrogadores hacen reservada a la gente. Los intimidadores crean el planteamiento del pobre de mí, y si éste falla, otro intimidador. Es así como las farsas de control se perpetúan a sí mismas, pero cuidado: existe la tendencia a ver estas farsas en los demás y creer que uno está libre de semejantes artificios.

Cada uno de nosotros debe superar esta ilusión antes de seguir adelante.

Casi todos tendemos a aficionarnos a una farsa determinada y es preciso detenernos y estudiarnos hasta descubrir cual es la predominante, puesto que a lo largo de la vida aunque tendemos a usar todas ellas, según las personas y las circunstancias, si desmontamos la farsa predominante nos será muy fácil sustraernos al resto.

Otra forma de perder energía es la “adición a otro ser”. En las relaciones sentimentales surgen también pugnas por el poder. Siempre nos hemos preguntado qué provoca el fin del arrobamiento y de la euforia de un amor, para convertirlo repentinamente en un conflicto. Es el resultado del flujo de energía entre los individuos implicados.
Cuando nace el amor, las dos personas se están dando energía uno al otro inconscientemente y ambas personas se sienten vigorosas y exaltadas. Este es el nivel que todos llamamos enamorarse.

Por desdicha, en cuanto se confía en que esta sensación venga de la otra persona se desconectan de la energía del universo y empiezan a recurrir más aún a la energía del otro; sólo que ahora no parece haber energía suficiente, y en consecuencia cesan de transmitírsela y vuelven a creer en sus farsas en un intento de controlarse mutuamente y extraer la energía del otro sin reciprocidad. Es en este punto cuando la relación degenera en el usual forcejeo por el poder.

La razón de que caigamos en la adición a una persona del sexo contrario es que todavía no hemos accedido a esta energía del sexo opuesto nosotros solos, por nuestra propia cuenta. La energía mística que podemos aprovechar como fuente interna es a la vez masculina y femenina. Si conectamos prematuramente con una fuente humana para obtener nuestra energía, cerramos el paso al suministro universal.

Desde jóvenes buscamos una persona del otro sexo que complete la parte energética a la que no hemos sabido acceder dentro de nosotros y si la encontramos creemos estar completos; pero esta sensación es sólo aparente porque pasamos a ser una integridad con dos egos, dos cabezas que luchan por hacerse con el control.

Al final cada persona debe prescindir de la otra, incluso invalidarla para que le sea posible conducir su propia entidad humana en la dirección que desea. Ello, por supuesto, no funciona, porque nadie quiere estar subordinado a nadie. Para tener una autentica vida sentimental antes hemos de completar la integridad que somos, ya que la dependencia mutua es realmente una enfermedad de la que hay que curarse. Es necesario empezar a experimentar la misma sensación de bienestar y euforia que se produce con el enamoramiento, pero estando solos.

Podemos tener más de una farsa, pero una será la dominante, existen cuatro farsas :
Los reservados se apartan pareciendo misteriosos y lleno de secretos; se dice a sí mismo que obra con cautela, pero lo que realmente hace es confiar en que alguién será atraido por la farsa para intentar deducir que pasa con el reservado, forzando a la otra persona a insistir indagar, escudriñar y así él recibe atención y energía. Por desdicha cuando se muestra reservado su vida evoluciona lentamente, puesto que siempre repite la misma escena.
El interrogador construye una farsa en la que hace preguntas y sondea el mundo de la otra persona con la intención de encontrar algo censurable. Cuando lo ha encontrado critica ese aspecto de la vida del otro. Si la persona criticada se incorpora a esta farsa se sentira cohibida, timida, presta atención a cuanto está hace y piensa, se juzga a si misma en función de lo que el interrogador este pensando y le proporciona así energía.
El “pobre de mí” o víctima cuenta las cosas horribles que le ocurren dando a entender que somos responsables y si nos negamos a ayudarles continuaran pasando cosas horribles, siempre pesimistas atraen la atención con suspiros y penas.
Los intimidadores hacen que se les preste atención a base de gritos, amenazas verbales o fisicas, es la más agresiva de todas.Las personas reservadas crean interrogadores y las interrogadoras hacen reservada a la gente… es una farsa que se va perpetuando. Los intimidadores crean la farsa del pobre de mi o de otro intimidador.

Al superar las farsas de control y estar integrados emocionalmente, podremos comprender el significado de que hayamos nacido de nuestros padres y no de otros, y qué es lo que nos ha preparado para llegar hasta el momento actual.

Todos tenemos un objetivo espiritual, una misión, por los que hemos estado luchando sin ser plenamente conscientes de ello, y en el momento en que los situemos de lleno en el plano de la conciencia nuestras vidas podrán encontrar su auténtico rumbo. Lo que haríamos habitualmente en un intento de controlar los acontecimientos desaparece de la mente cuando se abandona la farsa de control.

A medida que nos llenamos de energía entra en nuestra mente otro género de pensamientos procedente de una parte más noble de la persona. Son sus intuiciones. Tienen un cariz diferente y así empiezan a fluir y generarse las “coincidencias” que nos impulsan hacia adelante, hacia la autentica evolución personal. Al alcanzar un estado de plena energía, un estado de amor, nada ni nadie conseguirá extraernos más energía de la que podamos reponer. De hecho, la energía que fluye de nosotros crea una corriente que nos la repone en la misma proporción. Nunca se agotará la reserva. De este modo encontraremos una ética completamente nueva que rige la forma en que los seres humanos deberíamos tratarnos unos a otros con objeto de facilitar la evolución de todos.

A fin de que aprendan a evolucionar los demás necesitan nuestra energía sobre una base incondicional y constante.

James Redfield.  Las Nueve Revelaciones