Llevaron a un ciego ante el Buda. Pasaba por esa aldea, y la gente de allí estaba cansada del ciego porque era muy lógico y filosófico. Era tan discutidor que solía demostrar que la luz no existía. Decía:

-A ver, me gustaría tocarla -o-: Tráela aquí para que la pruebe -o-: Tráela para que al menos pueda olerla -o-: Tráela y golpéala como un tampor, para que por lo menos pueda escucharla.

Pero claro, no puedes tocar la luz como un tambor, ni probarla, ni olerla, ni tampoco tocarla con las manos.

El ciego se reía victorioso, y decía a sus convecinos:

-¡Tontos! Intentáis demostrarme algo que no existe. Cuento con cuatro sentidos. ¡Demostradlo! Estoy dispuesto, estoy abierto.

No podían demostrárselo, así que el ciego empezó a creer que solo intentaban engañarle con lo de la luz:

-Todo esto es un engaño, un fraude. De hecho, quieren demostrar que soy ciego.Me están insultando, porque la luz no existe. ¿Entonces? Si la ley no existe no son necesarios los ojos. Los crepúsculos son una ficción.

Solía decir:

-Todos sois ciegos, pero soñáis con algo que no existe.

Así que lo llevaron ante el Buda, y el Buda dijo:

-No me lo traigáis. No soy médico, porque este hombre no necesita ser convencido, sino tener la visión de la luz. Necesita ojos. Necesita tratamiento, no una teoría al respecto. Pero conozco a un médico.

El Buda contaba con un médico muy entendido, que le había cedido un emperador, para que se ocupase de su cuerpo. Llevaron al ciego al médico. Le trató y al cabo de seis meses pudo ver la luz.

Para entonces el Buda ya se había trasladado a otra población. El hombre llegó corriendo y bailando, extático. Cayó a los pies del Buda, y dijo:

-Me has convencido.

El Buda dijo:

-No digas tonterías. Tus ojos te han convencido. No hay otro modo.