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Durante muchos años, el Buda se dedicó a recorrer ciudades, pueblos y aldeas, impartiendo la Enseñanza, siempre con infinita compasión. Pero en todas partes hay gente aviesa y desaprensiva. Así, a veces surgían personas que se encaraban al Maestro y le insultaban duramente.

El Buda jamás perdía la sonrisa y mantenía una calma imperturbable. Hasta tal punto conservaba la quietud y la expresión del rostro apacible, que un día los discípulos
extrañados, le preguntaron:

Señor, ¿Cómo puedes mantenerte tan sereno ante los insultos?

Y Buda contestó:

Ellos me insultan, ciertamente, pero yo no recojo el insulto. Contestadme, si alguien viene y os da un regalo pero vosotros no lo queréis porque sabéis de quién es el regalo?

Pues sabemos de quien nos lo da ha dado, maestro, y no lo hemos cogido.

Así mismo, esos insultos son para mí como un regalo que no quiero recoger. Simplemente los dejo en los mismos labios de donde salen. Queridos amigos, permaneced en vosotros mismos y no dejéis que las palabras de los hombres alteren vuestra quietud.

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Llevaron a un ciego ante el Buda. Pasaba por esa aldea, y la gente de allí estaba cansada del ciego porque era muy lógico y filosófico. Era tan discutidor que solía demostrar que la luz no existía. Decía:

-A ver, me gustaría tocarla -o-: Tráela aquí para que la pruebe -o-: Tráela para que al menos pueda olerla -o-: Tráela y golpéala como un tampor, para que por lo menos pueda escucharla.

Pero claro, no puedes tocar la luz como un tambor, ni probarla, ni olerla, ni tampoco tocarla con las manos.

El ciego se reía victorioso, y decía a sus convecinos:

-¡Tontos! Intentáis demostrarme algo que no existe. Cuento con cuatro sentidos. ¡Demostradlo! Estoy dispuesto, estoy abierto.

No podían demostrárselo, así que el ciego empezó a creer que solo intentaban engañarle con lo de la luz:

-Todo esto es un engaño, un fraude. De hecho, quieren demostrar que soy ciego.Me están insultando, porque la luz no existe. ¿Entonces? Si la ley no existe no son necesarios los ojos. Los crepúsculos son una ficción.

Solía decir:

-Todos sois ciegos, pero soñáis con algo que no existe.

Así que lo llevaron ante el Buda, y el Buda dijo:

-No me lo traigáis. No soy médico, porque este hombre no necesita ser convencido, sino tener la visión de la luz. Necesita ojos. Necesita tratamiento, no una teoría al respecto. Pero conozco a un médico.

El Buda contaba con un médico muy entendido, que le había cedido un emperador, para que se ocupase de su cuerpo. Llevaron al ciego al médico. Le trató y al cabo de seis meses pudo ver la luz.

Para entonces el Buda ya se había trasladado a otra población. El hombre llegó corriendo y bailando, extático. Cayó a los pies del Buda, y dijo:

-Me has convencido.

El Buda dijo:

-No digas tonterías. Tus ojos te han convencido. No hay otro modo.

En una ocasión, un hombre se acercó a Buda e, imprevisiblemente, sin decir palabra, le escupió a la cara. Sus discípulos, por supuesto, se enfurecieron.
Ananda, el discípulo más cercano, dijo dirigiéndose a Buda:

¡Dame permiso para que le enseñe a este hombre lo que acaba de hacer!

Buda se limpió la cara con serenidad y dijo a Ananda:

No. Yo hablaré con él.

Y uniendo las palmas de sus manos en señal de reverencia, habló de esta manera al hombre.

Gracias. Has creado con tu actitud una situación para comprobar si todavía puede invadirme la ira. Y no puede. Te estoy tremendamente agradecido. También has creado un contexto para Ananda; esto le permitirá ver que todavía puede invadirlo la ira. ¡Muchas gracias! ¡Te estamos muy agradecidos! Y queremos hacerte una invitación. Por favor, siempre que sientas el imperioso deseo de escupir a alguien, piensa que puedes venir a nosotros.

Fue una conmoción tan grande para aquel hombre… No podía dar crédito a sus oídos. No podía creer lo que estaba sucediendo. Había venido para provocar la ira de Buda. Y había fracasado. Aquella noche no pudo dormir, estuvo dando vueltas en la cama y no pudo conciliar el sueño. Los pensamientos lo perseguían continuamente. Había escupido a la cara de Buda y éste había permanecido tan sereno, tan en calma como lo había estado antes, como si no hubiera sucedido nada…

A la mañana siguiente, muy temprano, volvió precipitado, se postró a los pies de Buda y dijo:

Por favor, perdóname por lo de ayer. No he podido dormir en toda la noche.

Buda respondió:

– Yo no te puedo perdonar porque para ello debería haberme enojado y eso nunca ha sucedido. Ha pasado un día desde ayer, te aseguro que no hay nada en ti que deba perdonar. Si tú necesitas perdón, ve con Ananda; échate a sus pies y pídele que te perdone. Él lo disfrutará.

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